La patraña de la cultura de esfuerzo

Pocas cosas provocan más estrés, frustración e infelicidad que creer en la mentira ponzoñosa de la cultura del esfuerzo.

¿No me crees?

Enseguida entenderás a lo que me refiero:

Mira. Yo detesto bailar. No puedo con eso.

Tengo ritmo y con paciencia, clases y el entorno adecuado…
.. podría convertirme en el bailarín que venga a cubrir el hueco que Georgie Dann ha dejado en la escena artística y en nuestros corazones.

El problema es que hacer eso me supondría un esfuerzo enorme. Porque no me gusta bailar. Las letras de Georgie Dann, sí. Bailar no.

Y no tengo afán o interés por cambiarlo. Que bailen otros. Yo miro. Doy una palmada y te hago un pasito y nos reímos. Pero no me pidas que bailemos al ritmo hasta el último acorde porque ni sé, ni puedo, ni quiero ni lo disfruto.

Entonces, la cultura del esfuerzo te dice que tienes que ser bueno en todo. Todo es importante. Bailar también. Aunque te dé cien patadas.

Los maximalistas de la cultura del esfuerzo exigen absurdos.

Peras al olmo.

Que vistas de seda. Aunque seas un mono.

Te fuerzan a que seas competente (y hasta brillante) en áreas que se te dan mal.
Te obligan a hacer cosas que no están en tu naturaleza, que no son tu punto fuerte.
Y si no lo consigues, es que no lo has intentado lo suficiente. Algo estás haciendo mal. Tienes que seguir.

Es frustrante y una increíble fuente de sinsabores, estrés e infelicidad.

Qué quieres que te diga…

A mí me va más la ley del mínimo esfuerzo.

¿De qué va?

Va de que si eres un pingüino, no tiene sentido que se empeñen en que vueles.
(O que bailes. A no ser que seas Happy Feet).

El pingüino es más de nadar. Y no se le ocurre intentar volar como un águila o correr como una avestruz. Ni se lo plantea. No está en su naturaleza.

Ahora. Nadar sí que está en su naturaleza. Eso no le supone apenas esfuerzo (el mínimo), y a poco que practica y persevera se hace un experto consumado. Destaca. Y lo goza.

Si me preguntas, en esa ley está (buena parte de) la clave del éxito. Y de la felicidad.

En querer hacer bien lo que sabes hacer bien. En disfrutar el proceso. En mejorar cada día lo que está en tu naturaleza y en dedicarle tiempo y cariño a algo que disfrutas y cuyo aprendizaje no te supone un esfuerzo, sino una fuente de satisfacción.

A otros esfuerzo. A ti satisfacción.

Mínimo esfuerzo. Máxima satisfacción.

Bien.

Hay mucha gente a la que lo de escribir se le hace bola.

Y que quieren vender más.

Entonces me preguntan si mi formación de email marketing les ayudará.

Sinceramente, creo que no.

Al menos si la persona que va a aplicar el curso no suele escribir, o cuando lo hace le supone un gran esfuerzo.

Otra cosa es…
… que en su entorno (un empleado, un socio, un familiar) haya alguien al que sí que le va el rollito de escribir.

Entonces el curso sí que va a funcionar.

Porque la clave no está en fustigarse con el látigo de 7 colas de la cultura del esfuerzo….

… Si no en buscar a alguien al que aplicar lo que cuento en la formación le suponga un mínimo esfuerzo.

Esa persona gozará con el curso como un crío en un parque de bolas.

Y también disfrutarás tú viendo cómo crecen las ventas y, sobre todo, cómo crece esa persona.

Si hay en tu equipo alguien que escribe con soltura, con esta formación se convertirá en un vendedor implacable y, sobre todo, disfrutará del proceso:

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No se me ocurre mejor forma de cultivar el éxito y la felicidad de alguien de tu equipo. O de ti mismo, si lo de escribir está en tu naturaleza.

Para conseguirlo con el mínimo esfuerzo, en el enlace están los detalles.

Que pases un gran día,

Javi «mínimo esfuerzo = máximo retorno» Vicente

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